
No sé si ya te he contado que estoy enfermo de triatlón. No es grave, pero te obliga a nadar si no quieres sufrir espasmos.
Llegar al polideportivo por las mañanas es una ceremonia llena de rituales. Olor a cloro, traje de baño, legaña y silencio. Hasta que se oye un alboroto que crece ¿Qué pasa? Pues que ha llegado Pascual.
Pascual tiene 83 años. Entra al vestuario medio cojeando porque le quedó tonta una pierna cuando le extirparon un tumor. Tiene un boquete en la cabeza de otro.
Cuando llega es como si llegara la caballería. Para todo el mundo tiene una provocación.
Empieza a contarte sus historias y te lleva donde quiere. Trabajó en Iberia, vivió en Alemania, enviudó, le pilló Hacienda. Y esto para empezar.
A mí me llama “el vasco” y dice que deberían cobrarme más porque desgasto más el agua. Cuidado que el tío tiene mala leche ¿eh? pregúntale por los alemanes y verás.
Hay gente como Pascual que te atrapa con sus historias. Las empresas deberíamos contar más historias y dar menos la coña.
¿Me vas a decir que contando historias se vende más? Sí, te lo confirmo. Y podemos comprobarlo cuando quieras si pasas por el enlace.
Yo a Pascual le compraría hasta un bote de laca para el pelo que no tengo.
Imagen de ArtHouse Studio de Pexels