Tras finalizar Mapoma no estoy pasando mi mejor etapa emocional. Tengo una sensación de vacio que dicen es sicologicamente normal tras volcarte durante 4 meses en un reto, un reto que acabó conviertiendose en una obsesión.
Hoy todo el mundo comenta la mala noticia de la muerte de Tolo Calafat en el Annapurna y me hace reflexionar sobre las obsesiones y en concreto sobre las mías.
Dice Juanito Oiarzabal que el alpinista mallorquín pedía, por sus hijos, que fueran a por él. «Por mis hijos, por mi familia, venid a bajarme de aqui».
Que duro. Tremendamente duro. Tolo tenía una obsesión, la montaña, y seguramente esa obsesión le ha hecho olvidarse continuamente en su vida de sus hijos y de su familia, por quienes pedía ahora que le bajaran. La obsesión llega un momento en que te aliena y te hace olvidar el objetivo, la obsesión puede meterte en una espiral absurda en la que luchas sin saber por qué y para qué.
Lamentablemente Tolo no se dió cuenta a tiempo, o si. Su súplica a Juanito podía dar a entender que se había dado cuenta del punto sin retorno al que había llegado.
Tolo tenía 39 años y 2 hijos. Pienso en esa familia. Pienso que las obsesiones tienen demasiados daños colaterales. Pienso en mis obsesiones y en los daños que genero.
Todo mi respeto para la mujer y los dos hijos de un alpinista al que su obsesión le ha costado la vida.
