Toca mudanza. Han sido casi dos años de residencia laboral en Pradillo 42.
Recuerdo cuando vine al edificio a vender biblias. La entrada sobria pero con cierto toque de diseño, los guarda jurados y las recepcionistas distantes. Los tornos, el escaner, todo era un conjunto que daba cierta impresión.
Y en estas que un día es a mi al que le toca trabajar aqui. Tengo grabado ese primer día cuando subí desde el garaje y ví los tornos pero ya desde dentro.
Recuerdo también cuando al llegar a la tercera planta, a mi mesa, ví las pistas de padel. Es una señal, pensé, y es que yo en esa época era practicante de la religión del padel.
A todos nos da pena el traslado. La calle Pradillo es un gran sitio para trabajar.
Echaré de menos el Abasota y a sus cintas para correr, y sobre todo a Tomás y Pili. También al «Irlandes» que tiene unas tortillas de patata de ración increibles. A la «Tintorería Miren» donde me recogían los trajes ya sin ticket, al «Caprabo» con su negrito en la puerta, al Parque de Berlin, a la «Ferreteria Venecia», al japo de Clara de Rey, al «Sopa», ¡ay! mi «Sopa», algún día os hablare del «Sopa».
También a «Casa Benigna» con Norbe, al «Zampa», al «¿Qué Comes?» para las prisas, al » Soga», al «Versión Original» donde el padre del dueño corre maratones, a la farmacia, al «Juteco», al pequeñito, al del señor pesado y, sobre todo, al nidito, donde he descubierto a mis años el sabor del Cola Cao.
Acaba una etapa. Empieza otra.
