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El hombre que dudaba demasiado

David Romero no tenía ningún rasgo físico especial. Delgado, pero no en exceso. Moreno, de pelo corto, con un pequeño remolino en el flequillo que jamás conseguirá gobernar. Ojos marrones, color cera según su ex mujer. De aproximadamente 1,75. Pausado normalmente pero como un látigo cuando lo consideraba necesario. A David le perseguía lo que para unos es una virtud y para otros un defecto: la duda.

Vivía en el mismo pueblo desde hace 27 años donde llegó rondando los 20. No tuvo problemas de adaptación. Sus modos tranquilos y respetuosos le hicieron ganarse poco a poco un hueco entre sus vecinos. Desde siempre participó en los actos del pueblo: fiestas,  partidos de futbol, limpia de rastrojos… Se comentaba incluso que prestaba dinero a Mangirón, poeta frustrado, vecino también del pueblo y que buscaba en la cerveza la inspiración.

Fue en la misa del segundo domingo de Julio cuando el cura don Adrián anunció la novedad. El miércoles de la semana entrante visitarían el pueblo los directores de una empresa de Barcelona especialistas en prospección de gas y petróleo. Comentó don Adrián que aunque la empresa era de Barcelona realmente era una empresa americana, muy importante por lo que le habían dicho.

Llegó  el miércoles y todo el pueblo se juntó en la iglesia que en ocasiones especiales hacía las veces de salón de actos. En estos casos, don Adrián tenía la prudencia de cubrir las figuras, como evitándolas ser testigo de las debilidades humanas.

Empezó la reunión presidida por unos señores con traje y corbata, todos en tonos oscuros, donde casi no se diferenciaba donde acababa la americana y donde empezaban camisa y corbata. Junto a los señores de oscuro, el alcalde y don Adrián.

Tras una exposición bien hilada el auditorio conoció el porqué de la reunión. En el suelo del pueblo se encontraba, posiblemente, el mayor yacimiento de gas conocido en España. ¿Con seguridad? Bueno, con la seguridad de las exploraciones realizadas por la empresa de Barcelona pero que había confirmado su central en Estados Unidos de América. Parece, que la central,  incluso había donado fondos para la campaña de Obama y aunque no lo confirmaban, esta operación gozaba de toda la simpatía del presidente americano.

Toda la iglesia era un conjunto de conversaciones diferentes entre grupos de vecinos. De repente se escuchó por encima de todos la voz de David: “Por favor dadme un minuto, escuchadme un minuto”. Gran parte de los asistentes se giraron hacia donde venía la voz, hacia David.

David habló al hacerse el silencio: “No dudo de la validez de los datos que nos han aportado estos señores, ni tampoco de los beneficios que puede tener para el pueblo esta explotación. No dudo de que sean de Barcelona ni de que en Estados Unidos nos vean con buenos ojos.

Dudo de nosotros, del pueblo, de si va a cambiar nuestra forma de vida el encontrar gas en el centro de la plaza. Dudo de si debemos decir sí y dudo de si debemos decir no. Dudo si debemos renunciar a  nuevas posibilidades para nuestra comunidad.

Pienso en un polideportivo, en un centro para mayores, incluso en una piscina. También pienso en la gente nueva que vendrá, en el nuevo ritmo que tendrá el pueblo, en el barro en los meses de invierno que llegará hasta los recibidores de nuestras casas.

Vecinos, sólo quiero deciros que dudo, y que la duda no es mala en sí misma. No aceptemos lo que nos viene dado, pensado por otros, porque cuando haya problemas no sabremos cómo gestionar lo que otros han pensado por nosotros.

Dudemos porque eso nos hará entender la esencia de lo que pensamos y nos dará elementos para responder ante los inconvenientes futuros”.

Un silencio enorme llenaba el ambiente. Todas las miradas fijas en David.  La iglesia parecía aún más fría de su temperatura habitual.

El silencio fue roto por la voz de Mangirón: “Muy bueno David, ¿puedes por favor pedir que abran ya el bar o también debemos dudar de si lo abrimos? Hijo mío, tienes demasiado tiempo libre. ¿Has pensado en volverte a casar?”