Acaba la temporada. Y acaba en muchos aspectos.
Ha sido un año duro: madrugones, entrenos, estiramientos, ilusiones, trabajo, entrega, decepciones y traiciones.
Han pasado muchas cosas en estos últimos meses. Confirmo que todas me han servido para aprender.
Unas me han enseñado la técnica necesaria para correr 42.195 metros, para sobreponerme al dolor y correr otro kilómetro más. Otras, me han enseñado a concentrarme en el camino y no en los obstáculos, aunque haya más obstáculos que camino. Las últimas me han permitido convivir con mis defectos, abrir puertas que hasta ahora ni siquiera sabía que existían.
He aprendido también en estos meses lo que no hay que hacer en la vida. Yo, hace años, elegí un camino. Elegí el ser feliz, el gustarme a mí mismo, el pelear y poner la cara por delante. En ese camino elegido seguro que he hecho daño a gente porque yo, amigas y amigos, a veces me pongo muy cabrón. Pero lo que os aseguro es que no soy mala gente. Ese es otro camino, el de otros.
Soy maratoniano. Tengo el corazón espartano. Plutarco lo recogió en sus escritos: «Los espartanos no preguntan cuántos son los enemigos, sino dónde están». Me equivoqué al pensar dónde estaban.
Llega el momento de dar por finalizada la temporada, de descansar, de recuperar los músculos doloridos, de ganar algún kilito de más, de cicatrizar las heridas, de pensar sin frenillo, de volver a sentirme feliz con lo que hago. Llega el momento de corresponder al cariño de los que están a mi alrededor, de renovar su fe en mi, su fe ciega en mi.
Quedan muchos más kilómetros por delante y pienso correr y disfrutar de cada uno de ellos. Pero eso ya será la próxima temporada.
