Por fin. He corrido y acabado mi primer maratón: Mapoma 2010. Tras meses de entrenamiento mi sueño se ha cumplido. Pero se ha cumplido sólo a medias. Mapoma me ha tenido contra las cuerdas y a punto ha estado de noquearme. Cierto que he acabado el combate en pie, pero también es cierto que el castigo recibido ha sido muy superior al que esperaba, es como si hubiera menospreciado a mi enemigo y, en plena pelea, he entendido lo prepotente de mi actitud.
A las seis y media de la mañana del 25 de abril empieza el día final. Desayuno muy fugaz: plátano y café. Los que me conoceis sabeis la mala costumbre que tengo de correr en ayunas.
Vaselina, protectores de los dedos, cremas solares, esparadrapos… todo lo necesario para la batalla. Me visto con tranquilidad sin olvidar nada y voy al encuentro de mis compañeros de fatigas: Ana y Javier. Juntos nos desplazamos en coche hasta el metro de Ventas y desde allí hacemos transbordo hasta Colón.
En Colón nos encontramos con Rafa, Juan Pablo y Roberto. Como viene siendo habitual, cada uno llevaremos un ritmo diferente salvo Ana y Roberto que correrán juntos. Empiezo a calentar, quiero estar concentrado en la salida y estar parado me pone nervioso. Carrera para aquí y carrera para allá completo en torno a 2 kilómetros y medio.
9 a. m. Oímos el disparo. Como siempre, estamos a cola de pelotón. 9 minutos después pasamos el arco de salida. Vamos allá, esto es largo, la gente lo sabe y sale muy prudente.
Subimos Castellana. Va todo bien. Hace un día claro pero el sol no está arriba. Adelanto a gente continuamente. Salta el primer kilómetro y veo que estoy en 5:34. Decido acelerar, quiero estar en la primera media a un ritmo por debajo de 5:20. En torno al kilómetro 3 nos separamos las carreras de 10 km y la maratón con aplausos recíprocos, es un gesto espontáneo muy bonito.
Sigo a buen ritmo hasta el kilómetro 6 donde el pulsómetro salta a 5:04. Tranquilo, me digo, queda mucho y la Casa de Campo espera. Sigo rozando el ritmo de 5:20 hasta el kilómetro 13. Se me suelta la zapatilla izquierda y paro, es en la que llevo el chip y tengo miedo a perderlo. No pasa nada, aprieto un poco mas y vuelvo a rozar los 5:20. Voy tranquilo, realmente disfrutando.
Nos metemos ya en la ciudad Universitaria, estamos a punto de pasar la media y… 1:47, ¡Biennnnnn! 3 minutos mejor que el horario previsto. El ritmo cumplido me da mucha energia y sigo realmente disfrutando. Me tomo el primer gel de los 3 que llevo. Sin complicaciones. Me sorprende la cantidad de gente que ya va andando. El sol ya está arriba pero tampoco noto tanto el calor. Empiezan a escucharse las primeras bromas sobre lo que nos espera, «ya vereis con la Casa de Campo, ya» me dice un veterano con el que voy en paralelo.
Kilómetro 22. Tengo el tanque lleno. Espero a estar en terreno cuesta abajo y paro a vaciar el depósito. Arranco de nuevo pero noto que las piernas ya no van finas, me pesan mucho. El ritmo sigue bien, en torno a 5:25. Ruedo, junto a una pareja de corredores, un kilómetro mas o menos. Él me dice «¿eres de Viladecans?». No, le digo. «Pues eres igual que uno de allí». Nos reimos los tres. Os dejo, les digo, me encuentro con fuerza y quiero aprovechar. Veo que él va bien, ella va regular.
Identifico ya en el horizonte la Casa de Campo. Hago un reconocimiento de los dolores: cuadriceps muy cargados; gemelos cargados; tobillos regular; plantas de los pies doloridas; hombros agarrotados. Todo a punto para la pelea, me digo. Este momento lo he visualizado mucho durante los últimas días, he tenido en mi cabeza el silencio de la Casa de Campo, la tirada cuesta arriba y yo avanzando a ritmo redondo. A la izquierda veo otro corredor en el suelo atendido por el Samur y tapado con ese material color plata. No sé cuantos he visto ya caidos pero son bastantes.
Damos una vuelta al Lago y sobre el kilómetro 32 ya salimos de la Casa de Campo y empieza la bajada al Calderón. Tomo el segundo gel, no tengo ganas pero sé que es necesario. Seguimos bajando y los gemelos me duelen con cada zancada. Salta el aviso del kilómetro 35 cuando cruzamos el Manzanares. Estoy contento, el ritmo máximo al que me he ido ha sido a 5:31, esto marcha, va bien me digo aunque noto el cuerpo castigado. Al cruzar el rio hay una especie de verbena con niños, la música me da ánimos que se apagan pronto porque empiezo a notar un pinchazo en el vientre en el lado izquierdo. Es como un cuchillo que se clava en línea con la apéndice. Me aprieto con la mano contraria y sigo corriendo. Pienso, madre mía, en el peor momento ahora viene todo para arriba. Se incrementa el dolor, me doy cuenta que corro encogido. El gel, pienso, toma el último que te queda, el reservado para el pajarón. La cabeza empieza a decirme que la cosa no va bién. Quedan 6 kilómetros todavía, me digo. No aguanto, no aguanto. El dolor me coge ahora todo el abdomen y ambas ingles. No puedo dar pasos grandes. Sigo encogido avanzando como puedo. Saltan los avisos del garmin pero ni miro. Todo es hacia arriba, no encuentro descanso, no acaba la cuesta nunca. Y en estas veo que estamos en Atocha, ya está pienso. Venga, venga, venga. No puedo, el dolor es como un cuchillo, no puedo. Tira Josu joder, están tus hijos en el Retiro, no pueden verte llegar andando, no pueden.
Salta el kilómetro 39, 6:39. No me lo puedo creer. Paso del tiempo. Tira que es lo que vale me digo. Estoy perdido, no sé por donde vamos a entrar al Retiro. En estas que comprendo que vamos a subir toda la cuesta de Alfonso XII. Sigo corriendo/andando como puedo. Muchisimos corredores ya van andando. Tengo problemas para no chocarme con ellos porque ya no controlo las piernas. El 41, por favor, imploro encontrar la pancarta del kilómetro 41 y no acaba de llegar nunca. ¡¡¡El puto 41!!!
Voy muy mal, muy tocado y de pronto oigo: «Viladecans, vamos hombre, ya estamos». No puedo le digo al chico que ya me ha alcanzado junto a su compañera, no puedo mas. «Pégate a mi me dice el chico». No puedo, le contesto. «Venga vamos, te esperamos». No, no, por favor, seguid, no me espereis.
Siguen hacia adelante y de pronto veo la pancarta del 41 y ¡todavía sin entrar en el Retiro!
La gente te lleva con los aplausos y los gritos, es increible. Voy como un muñeco, me cuesta hasta subir el bordillo que da paso al Retiro. Entro en el paseo del Retiro y no veo ningún arco, por favor. Avanzo como puedo y en estas que escucho que me gritan y veo a mis dos hijos esperándome. Vienen hacia mi, me cogen cada uno de una mano y sin que ellos lo sepan, hacen que siga corriendo. Son ellos quienes hacen que no me pare. Salta el 42. Ni miro el pulsómetro. No tengo fuerzas, no puedo girar el cuello, lo tengo totalmente agarrotado.
Y aparece el arco de meta. Gracias, me digo. Agarro más fuerte a Mikel e Iñaki. Cruzamos la meta con las manos en alto. ¡Somos maratonianos!
Paramos como podemos. No me sujeto de pie. Me agarro a Mikel. Me tiemblan las piernas y las plantas de los pies. Vemos gente tumbada a derecha e izquierda atendida por el Samur. Nunca más, me digo, no vuelvo a correr un maratón nunca más.
Consigo sentarme a duras penas. Sé que debo estirar pero no tengo fuerza. Tras unos minutos me ayudan a levantarme y tras unos pasos, los voluntarios me entregan la medalla. Nuestra medalla.

Hoy lunes, 24 horas después, estoy mejor de lo esperado. Tengo mala cara, dolores en todo el cuerpo, malestar general, pero lo que más me duele es no haber acabado entero. Mapoma me ha arrastrado durante 7 kilómetros a su antojo. Acabé, pero perfectamente podía no haber acabado. Y eso me escuece por dentro.
Pero también me doy cuenta de que soy un privilegiado, de que no sé si soy un valiente o un inconsciente pero que he completado Mapoma 2010 en 3 horas 59 minutos y 8 segundos, un Mapoma del que se hablará mucho tiempo por su dureza. Y me acuerdo de Javier el «diesel de Arturo Soria» que me ha metido el veneno de correr en el cuerpo y de Victor, que más que mi fisio es mi confesor, y de Chema que me ha enseñado a ser un maratoniano.
Y hay otra cosa que me reconforta aún más: Zaragoza , 7 de Noviembre de 2010. 42 kilómetros y 195 metros por delante.
Cuidado Zaragoza, un superviviente de Mapoma 2010 te está estudiando…
