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Hospitales

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Desde hace años soy cliente habitual de hospitales. Eso es lo que tiene el hacerse mayor y, sobre todo, el que se hagan mayores los tuyos. Por el día o por la noche; en primavera, verano o cualquier estación; por horas, días o semanas… puedo presumir de ser conocedor de la realidad hospitalaria madrileña.

Y en todas estas estancias, entre análisis y radiografías, me he dedicado a observar al personal. Con ello he desarrollado, modestamente,  el «Primer Catálogo de Comportamientos Profesionales en la Atención al Enfermo (PCCPAE)». De momento no es oficial, pero confío en que pronto sea certificado por la Comunidad de Madrid. Los puestos incluidos actualmente en el catálogo son los siguientes:

La revirada. Celadora. Pelo corto. Viste ‘rebeca’ azul. Soltera o separada hace muchos años. Sin hijos. Con múltiples años de servicio a sus espaldas. Corretea pasillo adelante y pasillo atrás pero nunca le ves hacer nada útil. Fuma en las escaleras de incendios a pesar de la notoria prohibición al respecto.  Se enfrenta con todo el que se cruza en su camino incluidos sus compañeros ya que todo le parece mal. Todo, salvo lo que ella hace claro, porque lo que ella hace es lo que debe hacerse.

La quiero-y-no-puedo. Normalmente enfermera pero con aires, no de médico, sino de Doctor Honoris Causa por la UNAV. Distante, altiva, siempre viste de verde. Nunca contesta a las preguntas y para cualquier cosa que le pidas te dirá que ahora manda a alguien. Es usual sorprenderla en los controles de planta hablando con su ‘cari’ por teléfono. Que si el cine, que si vamos a ir a La Vaguada… Y ahí, en esas conversaciones, es donde curiosamente descubres a una persona a la que nadie de su entorno tiene en cuenta para nada.

La mosca muerta. Sumisa ante los familiares pero auténtica perra en la soledad. Es capaz de dejar a una señora de 88 años cuatro horas con el culo en pompa y la cuña puesta porque ‘hace pis demasiado a menudo’. Sin embargo, en presencia de terceros, es servicial al límite y cualquier cosa en beneficio del enfermo la parece poco. Es mas, incentiva a la familia a que se queje a la Jefa de Planta, «¡que ya está bien hoooombre!»

La-frustada-de-la-vida. Auxiliar. En torno a los 45 años. Cambia el turno para trabajar de noche en el hospital y cuando llega a casa debe hacerlo todo porque su marido es un zángano de cojones. Normalmente tiene dos hijos. El niño, tiene 19 años. Lleva cuatrocientos anillos y es de los que antes de entrar a clase se fuma un peta con los amigos. La niña, rozando los 18 años. Viste jerseys de cuello vuelto que le aprietan las tetas a tope dejando el ombligo al aire. Usa pantalón de chandal del ejército con unas playeras tenis blancas llenas de mierda. La-frustada-de-la-vida considera al mundo culpable de la vida que lleva, pero los mas culpables con diferencia son los enfermos, y lo demuestra no haciéndoles ni puto caso e importándole una mierda lo que puedan pensar ellos y sus familias.

El ángel. Asidero de enfermos y familias. Tiene una sonrisa que ilumina la habitación en cuanto entra. Coge de la mano a los enfermos y les habla con cariño. Rezas porque tenga que triplicar o cuatriplicar turno y siempre siga ahí. Te da todo tipo de explicaciones a pesar de que lo prohibe el médico (el médico es ese señor que habla con otros médicos encima de la cama de tu madre y lo hacen como si estuvieran sólos e incluso, a veces, se echan unas risas de cosas graciosas que se cuentan entre ellos). El ángel cuando las cosas van bien se alegra contigo y cuando van mal te alegra a ti.

 

El caso es que al realizar el catálogo tengo la sensación de que el Comportamiento ángel es transitorio y tarde o temprano evoluciona igual que hacen los Pokemon.

¡Cuanto daño han hecho los Pokemon!